Para Volar

SIEMPRE ME GUSTÓ JUGAR PARA LOS MENOS

Fui entrando en las provocaciones: Me deje llevar por los gestos burlones, por cada una de las expresiones de alegría y las emanaciones de libertad y plenitud. Fui entrando en su juego: me miraban de reojo, como incitándome a demostrar mis cualidades o a confirmar que no podía jugar ni con tierra. Fui entrando en calor: primero por que el balcón que tiene acá “juanjo” no tiene un árbol que haga sombra y segundo por que el cuerpo es como que te hace el precalentamiento solo, se va moviendo por si tiene que entrar y rematar en la primera.

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Era un verde parejo y completo (desde aquí arriba). Tenia unos quince de largo, hasta el primer arbusto que hacia de palo y del otro lado una mancha de tierra marcaba los limites del campo y daba lugar a dos bultos de remeras y ojotas. Eran unos diez de ancho que cortaban en un caminito de cemento de un lado y al final de una pronunciada loma del otro. La loma no era un dato menor, era sin dudas la atracción principal: hacia donde se elevaba, era dos metros mas alta que el nivel de la cancha, generando una sensación de tsunami de césped que venía a jugar con vos.

Jugar contra la loma era como tirar una pared, pero en vez de hacerla rebotar, la hacías correr por allí. Y aparecías por el otro lado, como recepcionando algo que habías lanzado al aire para desplazarte mas liviano, para viajar suelto y sin preocupaciones, sabiendo que te la ibas a encontrar una vez que tu carrera superara al rival. Yo había estado estudiando los movimientos, del relieve y de los rivales, tuve unos minutos de análisis para saber como se movía cada uno de ellos y cuales eran los efectos en cada sector del acontecimiento geográfico.

Desperté 9.30 para desayunar. Juan trabajaba y Mari había salido hacia la facultad. Un poco de televisión, en la cocina, mientras ojeaba mi libro nuevo de Borges. Hacía calor en ese ambiente así que me prendí el aire y fui a parar al living. Me estaba acomodando en la computadora, leyendo algún blog y escuchando a Víctor Hugo, cuando siento el bullicio del impacto de un empeine. De inmediato me incorporo y al son de mi movimiento la radio se corta (casualidad eterna para algunos, capricho del destino para otros) y el silencio me permite evidenciar la presencia de un picado. Me arrimo lentamente a la ventana mientras me dejo llevar por el audio que despide el acercamiento al campo de juego y la preparación y división de los equipos. Abro la ventana y la sensación de tener un control remoto en mano broto muy dentro, fue la apertura a una visual mágica, sana y tentadora.

Me mude en un santiamén al balcón. Lo primero que hice fue contar los actores: eran ocho, cuatro contra cuatro. Era cortito y por abajo, tal como me gusta, estaba ideal para entrar, faltaba un largo rato para que retorne mi amigo de su trabajo y hacia un par de semanas que no tenía el placer de tocar el balón. Pero los números pares no son amigos de los desconocidos y encima el nivel era parejo (no había ningún rengo limitado, gordito lento o tronco entusiasta al cual podías mandar hacia el otro bando para equilibrar) y aún, así no lo fuera, se hace bastante complicado inmiscuirse cuando los jugadores están justos. Busqué un vaso de agua, tome prestada una gorra del perchero y me dispuse a observar a los ricos comiendo caviar.

Creo que vale la pena recordar que hacia demasiado calor. La noche anterior, en la casa de la novia de Juan, escuche en el noticiero que la máxima iba a llegar a 36°, y como no soy un creyente de los servicios meteorológicos, mientras estaba en el balcón recordaba y maldecía aquel atosigador pronostico. También antes de que les cuente lo que hice quiero que sepan (los que no me conocen) que yo soy muy cagón!!(como dice mi amigo Diego) para las manos (las piñas, hacerse el guapo, para aguantarse un “chirlo”, cuerpo a cuerpo, para los bifes o como quieran llamarlo) fundamentalmente, y para las vacunas o jeringas también (pero no va al caso profundizar este miedo recurrente).

Entonces me encontré ahí, transpirando sin sentido, solo y sin amigos, y sin sentir el placer de juntarme con la redonda, de encontrarla sobre la línea y dominarla, de evidenciar al rival y engatusarlo con un amague sutil, de encarar pegado a la raya e ir esquivando muñecos, de arrojarme por que me pico mal y trabar con el alma, de reponerme victorioso y definir contra un palo y gozar a medio santa fe por la escapada, por la guapeada y el buen fútbol que define partidos y gana campeonatos.

Siempre me gustó jugar para los menos, para el que tenga menos jugadores o capacidades. Hacer la diferencia, ponerme el equipo al hombro, correr por el que falta, y disfrutar de las remontadas, del acoplamiento para que no se note la diferencia y de transformar un triunfo en una gran hazaña. Recuerdo cuando de chicos me tocaba dividir, o entraba en algún partido, siempre quería tener a los menos hábiles, los que menos idea tenían, los que todos desechaban yo los quería al lado. Quizás para acrecentar mi figura, quizás para tener más control de juego, quizás por el simple egoísmo de tocar y tocar más que nadie la pelota. Más que seguro que lo hacía para adjudicarme las revelaciones, para potenciar las pocas virtudes de los míos y ridiculizar a los más fuertes y talentosos. Por eso cuando pisé el césped del parque que da al balcón de mi amigo Juan José, fui claro y conciso: “Vos, el de pelito largo, pasa para ellos. Nosotros jugamos con uno menos”

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Al primero que atendí fue al de camiseta blanca. Lo había estado observando que se la tiraba de crack y tenia muy pocos fundamentos para hacerlo. Lo cruce cuando intento desbordarme por izquierda, note que estaba desacomodado y le puse firme el cuerpo cuando ya había soltado el centro: se desparramo ahí donde comienza la loma y soltó una puteada mientras se encontraba con el piso y mi equipo salía de contraataque vertiginosamente.

El morocho de pantalón verde manejaba la contra nuestra, ellos se fueron cerrando atrás mientras nos arrimábamos a su arco sin pasar el balón. En un zarpazo mi compañero pierde el balón y ellos remontan el corto campo para ponerse arriba en el marcador. 1 a 0. El de pantalón verde, que habiendo perdido la pelota se quedo estancado arriba, giró para vernos y soltó como suelta un gran conocedor: “loco a ver si se mueven, denme opciones”. Y cuando modulo las ultimas tres letras le metí un sopla mocos mano abierta (entre la oreja izquierda y el cuello) y le dije: “cerrá el pico “morfón” y empezá a correr cuando la perdés!”.

Fue un momento difícil, hubo un silencio como de desconocimiento y desconcierto, que se fue transformando en respeto y credibilidad a medida que yo me dispuse a sacar de abajo como si nada hubiera ocurrido. Esta vez conduje yo, encare por la derecha, me saque a uno de encima y le metí firme casi sin avisar o dar señal del movimiento: 1 a 1 pasional. Salí corriendo embravecido pegue un salto con puño apretado y le gesticule cual demente mientras desaforadamente gritaba el empate.

Cuando esperaba el retorno del esférico que se había salido de los limites de la plaza, noto que el de remera blanca que había yo hecho arrastrar en la primer jugada me miraba. “¡¿Que te pasa zapato?!, le suelto mientras me le arrimo inflado de coraje, y el loco duda, pero no esta muy seguro ni hasta de dudar, entonces dubitativo y tembloroso resopla un: “nada”, lleno de miedos y escalofríos.

Me fui agrandando con el correr de los minutos. Me la empezaron a dar más mis compañeros, y les costaba plantarse a los rivales. Los cinco goles los hice yo. El último fue el más lindo: lateral desde la loma, me la sacan al pecho y cuando me vienen a marcar, con el mismo movimiento de bajarla lo dejo desaireado al que me intentaba tomar. Cuando lo supero le pongo el antebrazo en la cara y me planto firme para que se lo coma. Una vez que lo dejo atrás y sin posibilidad de recuperación la adelanto con el empeine y antes de que me cruce el segundo toco corto a la derecha. Con un leve salto cruzo al que quiso interceptar mi avance mientras ubico mi hombro izquierdo en su pecho. Mi compañero espera un segundo y cuando ve que me libre de marca, me la devuelve en una señal de entendimiento del juego, de creencia en mis posibilidades y virtudes. Me quedo mano a mano con otros dos “monigotes” que se habían cerrado sobre el diminuto arco que conforma el débil tronco de un árbol y una remera amarilla y gris.

Entre el amague por posible pase y la chance de marcar la sentencia de un juego que ya no podrían remontar, fueron retrocediendo estos dos troncos barnizados. Las formas de caer derrotados fueron graciosas: uno se dio la cabeza contra el palo mientras el otro trastabillaba por el roce de sus propias rodillas. Y fue ahí, entre esos dos cuerpos rendidos y superados por completo, sumergidos en las carcajadas y la conciencia de sentirse inferior a alguien que no conoces y que se presenta para pintarte la cara y dejarte en ridículo. Fue en ese instante que se la pique suave y levemente, para que no queden dudas, y para que no puedan acusar de que se fue alta, paso a la altura de la cabeza de uno de los dos marmotas derrotados.

Me deje llevar por la locura: subí la loma mientras mis compañeros me querían abrazar como quien quiere alcanzar la gloria, como quien desespera por el ídolo de las figuritas, del póster que viene en El Gráfico y de Fútbol de Primera. Los eludí a cada uno de ellos para que mi recorrido terminara en un salto símbolo de la potencia y estéticamente impecable. Me envolví en el aire como una pluma y entre el sutil movimiento de mis cabellos al compás de la perfecta inclinación de mi cuerpo y al sonar de palmas (de compañeros y atónitos rivales) elevé un grito de gol “pellegrinense” que hizo estruendo en la húmeda Santa Fe.

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Que increíble donde te encontré!

Qué crudo es el destino!

De haber sabido que nos íbamos a cruzar me adecuaba para la ocasión: indumentaria apropiada y calzado conveniente. No había nada de eso, estaba descalzo, en cueros y con una maya marrón prestada. No debí haber salido, pero: ¿cómo podría perderme semejante oportunidad?, ¿cómo esquivarte si podemos esquivar juntos?, ¿cómo salgo de acá si mi amigo no me dejó la llave?. Y no pude, porque está alto para saltar desde el balcón. Y la verdad que mejor que Juan se olvidó de dejarla!. Por que pobre gente no se que hubiera pasado si bajaba. Por que uno no sabe como va a reaccionar al acontecimiento (ni yo, ni ellos), por ahí ni había onda y los pibes no me dejaban entrar, por ahí no me salía ninguna y era un empate en cero horrible. Así que mejor que me quedé acá arriba. Por que pensándolo bien, hace mucho calor para jugar un fútbol en Santa Fe!!

LEANDRO ROJAS

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4 thoughts on “SIEMPRE ME GUSTÓ JUGAR PARA LOS MENOS

  1. INCREIBLE…OTRA VEZ LA PIEL DE GALLINA…LEA..SI YO FUESE MUJER O VICEVERSA…QUISIERA SER TU NOVIA/O….
    ESTA ESTA FICCION HAY ALGO DE REALIDAD…”SOS MUY CAGON!!!”
    JAJAJAJA

  2. Andre dice:

    y…si, yo no te conozco, pero hasta ahora todo lo que vengo leyendo me deja con la misma sensación que me dejaban las notas de Leo Burgeño hace varios años. Felicitaciones, xq aunque el fútbol sea “cosa de hombres” para el grueso de la sociedad, es imposible que a una mujer no se le pegue una mueca de sonrisa cuando lee cosas como estas!! sos buenísimo Leandro!

  3. LEANDRO dice:

    Muchas gracias andrea!! Es genial que la gente deje comentarios y que se te pegue una mueca de sonrisa. Obviamente que uno disfruta de las palabras de amigos como fede, franco, el negro y todos los que nos acompañan en esta experiencia, pero estas cosas que escribiste hacen bien y te estimulan.

    Muchas gracias y sos bienvenida en este blog futbolero, al margen de tu femeneidad, que siempre es necesaria en este ambiente y en todos los de la vida.

  4. negro dice:

    se te notaba en la cara!!! era imposible eso del cachetaso a mano abierta… seguis sumando reconocimientos lea y me alegra x q no me canso de repetirlo sos excelente en esto…mira si jugaras como escribis!!!! de q jugador se estaria provando la seleccion (de Haiti!!!!!) jajajaja un abrazo

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